Herencia

Créditos de imagen: Photo by Pixabay on Pexels.com

Que bonito encontrarme en sus discursos, que encantador saber que habitan y trascienden en mis palabras; que ocuparan todos los amaneceres, todas las risas… Todas las lagrimas.

Vivirán en mi carne y su amor se impregnara hasta los huesos.

Lazos (ella)

Un poco de saliva en su pulgar, ojos que se convertían en canoa cada que atravesaba con valentía cada linea y aunque no me parecía me enseño a subrayar en los libros palabras que se clavaban como estacas en lo más profundo del corazón.

Sus manos toscas y sus dedos cortos, entre sus cabellos largos y castaños seguían una trayectoria casi perfecta y su voz melodiosa era un sonido poco conocido para mí.

Espejo de dos caras; estar Juntas como si hubiéramos nacido para amar y sufrir, como si hubiéramos venido aquí a hablar sin entendernos.

Extranjera

Existen limites del dolor que no nos interesa atravesar; mundos que no queremos visitar o que nos aterran.

Es preferible ocupar espacios inhóspitos, ajenos y extraños, en un silencio perpetuo.

Porque no hay manera de despedir lo que se siente lejano… Lo que soñamos más allá de los bordes de nuestra ciudad.

Para una letra anónima

Re-significar el dolor es una manera de enfrentar la adversidad de la ausencia. Hoy le doy otro sentido a mi herida anónima.

Solía pensar que seríamos inseparables que estaríamos unidos sin importar que tanto se jalara la cuerda, que por más lejos que estuviéramos siempre volveríamos al centro.

Solía soñar que me llevarías colgada en tu pecho, justo abajo de tus labios; y sentía que iba a permanecer eterna, amarradita a tu cuello.

No fue así.

Ahora me toca llevarte punzante en mi boca, sujeto a mi lengua como el recuerdo de una palabra que no se olvida, pero que tampoco se nombra

Ahí… vivo, caliente y silencioso habitas tras de mis cuencas llenas de vidrio, bailas disfrazado en mis párpados, cada vez más viejos y más cansados, palpitas así, abajito del corazón como un dolor sordo y constante.

Tuve que aprender a saborearte, dejarte ir en cada gota saldada. Tuve que aprender a no suspirarte, a invocarte con las yemas de los dedos sin desatar el corazón.

COMENZAR…

Cuando mi yo de doce años, que se debatía entre un listón azul y uno blanco, tardó más de una hora en la elección, supo que las decisiones de la vida no le serían fáciles. Los conflictos cotidianos para mí nunca fueron banalidades, incluso el color de un simple mechón de tela podía causarme numerosos […]